Ella cruzó la calle, se veía molesta y agotada, quizás era la falda, desde mi silla en el café se veía ajustada, le llegaba a la cintura y el primer botón parecía una bomba de tiempo, siempre a punto de estallar. Grito unas cosas en un idioma que yo no podía entender, sus rasgos la delataban, de seguro era italiana, o europea para generalizar, con la nariz prominente y los ojos verdes, tocó la puerta mientras seguía gritando, un joven de rulos le abrió la puerta, miró a todos lados antes de cerrarla.
Había dejado una bolsa frente a la casa, me iba a levantar a llevársela, tengo ese complejo fanfarrón de creerme caballero, de tener esos actos gentiles con las mujeres y conseguir sus sonrisas y gestos de aprobación, me gusta pensarme como una especie de héroe cotidiano; pero era muy tarde, la muchacha había salido, tomó de nuevo su bolsa y se fue, la seguí con la mirada hasta que se perdió cruzando tres cuadras.
Dos días después volvió, yo estaba comiendo, sentado donde siempre, en mi tiempo de almuerzo, esta vez sólo toco la puerta, el mismo muchacho abrió, lo abrazo enfáticamente y lo beso, estaba sorprendido, hace tan sólo dos tardes lo había tratado con total indiferencia, entraron, duro más de dos horas, lo sé porque me quede a esperar que saliera, no pude evitarlo, la curiosidad me dejó pegado a la silla, y me fue imposible resistirme; hasta el momento que salió pensé en las posibilidades: quizás eran amantes, quizás ella era prostituta, quizás solo eran amigos y esa la forma de saludarse, la última fue la más estúpida de todas mis ideas, por eso la deseche al instante, también pensé en otras pero eran igual de bobas que la ultima.
Así durante un mes, todas las tardes a la hora del almuerzo llegaba la muchacha, nunca más grito, sólo tocaba la puerta dos veces y luego una vez más, era una especie de código secreto que tenían, que sin saberlo lo compartían conmigo. Todas las ventanas tenían cortinas oscuras, por eso me fue imposible saber que era lo que realmente pasaba, todo se quedaba en mis conclusiones imprecisas y luego detrás de la puerta. Una tarde hubo muchos gritos, sonaron cosas que eran arrojadas de un lado a otro, todas desde la ventana derecha del segundo piso, me preocupe un poco y estuve a punto de pararme, pero de nuevo, era muy tarde, salió Julia, como la nombre creo que en la quinta tarde, estaba llorando y con el labio roto, susurraba cosas, se perdía en el camino.
Pensé que nunca mas volvería, la extrañe durante cuatro días, cuatro largos días que no vi sus ojos y sus vestidos ajustados. El día después del incidente descubrí que la ventana lateral a la calle no tenía cortinas, no las necesitaba, daba con una calle angostisima que tenía en frente un edificio corrido, además quedaba en un segundo piso. Al tercer día puse una escalera al lado de la ventana, no me pregunten como nadie me vio, o como nadie dijo nada, quizás es porque están todos tan acostumbrados a mí que ya soy parte del paisaje, tenía que estar preparado para cuando ella volviera, tenía que saber que realmente ocurría y así tal vez dejaría de pensar en ellos. Al quinto día volvió, con un vestido a rayas verdes y blancas, con una pequeña cicatriz en el labio, toco de nuevo la puerta, y el muchacho moreno volvió a abrir. Sin pensarlo me acerque a la escalera, subí lentamente para no hacer ruido, y allí estaban besándose frente a la cama, el le agarraba el vestido y le susurraba cosas que la hacían sonreír, pero de pronto miro a la ventana, entonces sus ojos verdes destellaron furia, soltó al muchacho y me miró fijamente, baje sin pensarlo, comencé a caminar y Julia me alcanzó.
-¿Fue mi marido verdad? ¿Fue él, te pidio que me vigilarás no es cierto?- me grito la muchacha mirándome penetrante y tomando mi brazo fuertemente- ¡Responde imbecil!
-No se quien su esposo, disculpe- me encerré en mi mismo, ¿Qué debía decirle, que desde el primer día la estuve mirando, esperando siempre su salida, que me conocía todos su vestidos y sus siluetas?
-No se quien su esposo, disculpe- me encerré en mi mismo, ¿Qué debía decirle, que desde el primer día la estuve mirando, esperando siempre su salida, que me conocía todos su vestidos y sus siluetas?
Me solté como pude, y seguí caminando, no volteé a verla, pero se quedo allí gritándome cosas de nuevo en ese idioma extranjero hasta que su voz se convirtió en un eco, y el eco en recuerdo. Llegue a mi casa, eran las cinco de la tarde, abrí una botella de vino y me quite los zapatos, necesitaba un descanso para todo el estruendo de hoy, decidí no volver más al Café danés, pensé en su voz y en lo tonto que había sido al subir esa escalera, entonces pensé también quizás, que existía la posibilidad de que alguien me estuviese mirando, cerré todas las ventanas y me fui a leer un rato.
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